Cuando escuchamos las palabras “microbio” o “bacteria”, solemos asociarlas con algo negativo, con agentes que nos enferman y ponen en riesgo nuestra salud. Esta percepción se intensificó en tiempos de pandemia de COVID-19, donde desinfectábamos todo a nuestro alrededor para evitar el contagio. Muchas personas temen cada vez más a estos microorganismos “invisibles”. Pero, ¿realmente los microbios son enemigos de los seres humanos?

El libro Los microbios, ¿amigos o enemigos? nos invita a un recorrido fascinante por la historia de los microorganismos en la Tierra, explorando desde las teorías de su origen hasta los sorprendentes beneficios que aportan a la humanidad. En el primer capítulo, el autor aborda la historia de la microbiología, desde que el curioso Anton van Leeuwenhoek pulió sus lentes y, sin saberlo, se convirtió en el primer ser humano en observar bacterias. Se recuerdan también los descubrimientos de Robert Koch y sus célebres postulados, y las aportaciones invaluables de Louis Pasteur, quien nos legó avances como la vacuna contra la rabia. Estos y muchos otros investigadores contribuyeron durante siglos al avance de la microbiología como ciencia.
La mayoría de estas investigaciones surgieron a raíz de enfermedades devastadoras que afectaban a la humanidad y que, en su momento, parecían incurables. No fue sino hasta hace alrededor de 92 años que se descubrió la penicilina, lo cual revolucionó la medicina. Quizá esta es la razón por la que hemos aprendido a ver a los microbios como “villanos” en la historia de la vida en la Tierra. Sin embargo, este libro nos muestra una perspectiva más equilibrada y reveladora sobre el verdadero papel de estos microorganismos.
Enfermedades causadas por virus, considerados microbios, como el de la polio —también abordado en este libro— impulsaron el desarrollo de muchas vacunas. Los virus probablemente existen desde el origen de las bacterias, ya que ellas también son atacadas por estos microbios, llamados bacteriófagos. Hoy en día, la pandemia causada por el virus SARS-CoV-2 ha reforzado la percepción de los microbios como enemigos; sin embargo, son precisamente los virus los que han permitido el desarrollo de nuevas vacunas. Aunque aún existen muchos agentes virales para los que no se ha logrado generar vacunas, la ciencia ha avanzado significativamente en otros casos, como en la vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH) y la reciente vacuna contra el SARS-CoV-2.
Si bien los microorganismos son responsables de varias enfermedades en humanos, animales y plantas —lo que les ha dado una mala reputación—, también han sido protagonistas en importantes descubrimientos de la humanidad. Entre ellos se destacan los avances en biología molecular y en la comprensión del ADN como molécula portadora del material genético. Por ejemplo, células de la bacteria intestinal Escherichia coli se utilizaron para descubrir el papel de los ácidos nucleicos como moléculas de la herencia, mediante experimentos en los que se emplearon bacterias y virus marcados radioactivamente. El uso de microorganismos ha sido fundamental para el desarrollo de la biología molecular y sigue siendo una herramienta invaluable para el avance de la ciencia.
Los microorganismos desempeñan un rol fundamental en la biotecnología, una disciplina que se remonta a civilizaciones antiguas. Desde los egipcios, que producían pan, vino y cerveza, hasta los aztecas, que fermentaban pulque, todas estas bebidas derivan de la actividad metabólica de microorganismos. Gracias a los avances modernos en biotecnología, hemos descubierto que los plásmidos, estructuras genéticas presentes en las bacterias, son capaces de transportar información genética entre células bacterianas e incluso hacia células eucariotas. Esto ha permitido crear organismos genéticamente modificados, o transgénicos, que se utilizan hoy para producir sustancias esenciales en el tratamiento de enfermedades, como la insulina recombinante o el interferón, y en el control biológico de plagas, como en el cultivo de la papa. La fermentación de maíz por microbios también permite producir bioetanol, un tipo de alcohol utilizado como combustible que ayuda a reducir la contaminación derivada de los hidrocarburos.
Entonces, ¿qué nos falta para comprender el papel esencial de los microbios en la producción de alimentos como quesos, yogur, cerveza, vino, pulque y licor, y en la creación de medicamentos como los antibióticos?
Las bacterias no solo son causantes de enfermedades; muchas también colaboran en el crecimiento de las plantas. Rhizobium, por ejemplo, fija el nitrógeno atmosférico y lo proporciona a las plantas leguminosas, promoviendo el crecimiento de cultivos como lentejas, frijoles, chícharos, habas, garbanzos, tamarindo, jícama y soya, alimentos básicos en nuestra dieta.
Las plantas se nutren en parte gracias a las asociaciones simbióticas que forman con microorganismos del suelo, y la fertilidad del suelo depende, en gran medida, de la descomposición de materia orgánica, como la hojarasca, por el metabolismo de los microbios.

¿Realmente los microbios son nuestros enemigos, o solo adoptan ese papel cuando entran en contacto con nuestro organismo y nos causan enfermedades? En realidad, muchos de ellos son aliados invisibles. Desde hace años sabemos que nuestro intestino alberga un ecosistema vital llamado microbiota intestinal (anteriormente conocida como flora bacteriana), que juega un papel fundamental en la metabolización de los alimentos que consumimos. Estudios recientes han revelado que un desequilibrio en esta microbiota puede ser la causa de enfermedades crónicas como la diabetes. Además, hoy sabemos que la microbiota no solo se encuentra en el intestino, sino también en otras partes de nuestro cuerpo, como la piel, donde nos protege contra la invasión de microbios dañinos.
Gracias a los avances en biología molecular y las técnicas de secuenciación masiva, hoy comprendemos mucho más sobre la genética humana. ¿Cómo se dio este avance? Fue gracias a una bacteria descubierta en el parque nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, que aportó una pieza clave para el desarrollo de la técnica de PCR (reacción en cadena de la polimerasa), utilizada hoy en día en el diagnóstico de SARS-CoV-2. Esta misma técnica permitió secuenciar el genoma completo de este virus, proporcionando la información necesaria para el desarrollo de la vacuna.

Si nos remontamos al origen de la Tierra, los microorganismos fueron los primeros en aparecer. Las células procariotas, menos complejas que las eucariotas, carecen de núcleo y estructuras membranosas. Se cree que las células eucariotas surgieron a partir de la fusión de dos células bacterianas, una teoría respaldada por la presencia de ADN propio en las mitocondrias y cloroplastos. Además, un producto del metabolismo de las primeras bacterias fue el oxígeno, que comenzó a inundar la atmósfera terrestre, como lo demuestran los fósiles de estromatolitos, cuyas estructuras análogas, las microbialitas, aún existen en lugares como la Laguna de Bacalar en Quintana Roo, México.
Si las bacterias surgieron mucho antes que las células eucariotas y han habitado este planeta mucho antes que los seres humanos, ¿realmente son nuestras enemigas? Tal vez sea el momento de empezar a verlas como aliadas. Las bacterias se encuentran en su hábitat natural, pero cuando los seres humanos invadimos ecosistemas, nos exponemos a que los microbios traspasen la barrera de especie y, a través de procesos como la zoonosis, causen enfermedades, como fue el caso de la viruela, ahora erradicada.
¿En qué momento un microbio se convierte en enemigo del ser humano? ¿Estamos acaso en una era en la que urge redimensionar su papel en nuestra existencia cotidiana? ¿Realmente los microbios nos causan más daño que beneficio, o es simplemente que el ser humano tiende a ver solo lo negativo en ellos? Es hora de reconocer la magnitud de su legado en la historia del planeta y de la humanidad, de reivindicar su rol fundamental y sus innumerables aportes a nuestra vida diaria, tanto en el presente como en el futuro.